7/11/02
Agradecimientos y reconocimientos...
Fausto Ramos D.
Metepec, Mex., 27 de octubre /15 de noviembre,2002.
Este pequeño libro (Ramos Danache, Fausto A. Doce Claves para una Vida Plena, Ed. Yug. México, 2002) que ahora nos convoca, nace de algo que todos hemos experimentado: la compleja problemática de nuestra existencia. Y surge también de la experiencia o vivencia del milagro de cada una de nuestras vidas. Su vida, la de ella, la de él, la tuya, la mía, la de todos, es un verdadero milagro.
He sentido, vívidamente, la incertidumbre, el miedo y la angustia de existir, y hubo momentos en que me hice muchas preguntas. Algunas de las cuales no me había hecho tal vez nunca conscientemente. Tal vez porque no imaginé claramente, durante varias etapas de mi vida, que hubiera respuestas. Pero en algún momento de mi vida descubrí que sí podía haberlas. Y creo que hay respuestas para todo, aunque yo no tenga ni todas las preguntas ni todas las respuestas. Pero las preguntas que tengo me han orillado a la búsqueda de respuestas. A mi modo, poco a poco, las voy encontrando y las voy elaborando con la ayuda de seres llenos de espiritualidad y de amor. Hay respuestas por todos lados y no siempre las he visto. Pero las que ya me parece entrever, no las veo como un producto terminado, sino como programas de trabajo. En realidad, este libro es una viejo plan de trabajo aconsejado desde siempre en diferentes lenguajes por las tradiciones religiosas, las filosofías y las ciencias del hombre.
Creo que el gran éxito de la existencia es experimentar la conciencia de nuestras vidas. Y en esa conciencia percibo amor. Siento que somos amados. Y siento que, en alguna medida, somos capaces de corresponder.
Ofrezco este modesto trabajo (el libro) como un conjunto de temas a los que les he llamado claves. O bien podríamos llamarles llaves, porque se trata de abrir puertas. Nos acontece a veces que al salir por algún momento de nuestra casa se nos cierra la puerta tras de nosotros. Pero si traemos la llave , fácilmente podemos volver a entrar. Pues bien, así nos salimos a veces de nuestro hogar original y... con las llaves perdidas. Por eso el libro es chiquito y de bolsillo. Para cargar algunas llaves en nuestra bolsa. En la bolsa de nuestra conciencia.
Son claves, llaves, conceptos, que están inscritos en la conciencia humana, antes de haberse puesto por escrito en los textos. Porque existen en la eternidad, en la Conciencia Divina que nos las ha legado. Sucede que en ocasiones las olvidamos, pero nuestro trabajo es recordarlas.
El hombre y la mujer los ha codificado y los ha puesto, estos conceptos, desde el pasado remoto y en tiempos contemporáneos, en documentos, porque quieren dejar una constancia de lo que hay en su conciencia para que, en tiempos de amnesia, de ofuscamiento y aflicción podamos recuperar esa memoria y esa práctica de vida.
Déjenme platicarles que, uno de esos documentos, un texto, literalmente me persiguió durante un tiempo. Ustedes se preguntarán ¿Cómo un libro puede perseguirlo a uno? Pues miren, sucedió así:
Un día, cuando vivíamos mi familia y yo aquí, en el sur de la ciudad de México, apareció un libro en el buzón de nuestra casa. Vi rápidamente, el título y la portada con la imagen, en fotografía a color, de una flor y su tallo sobre un cincel, ambos sobre unas tablas de madera. -Alguien me dejó una novelita -pensé yo. Y por ahí puse el libro.
Pasó el tiempo y emigramos, mi esposa y mis hijos, a Metepec, dejando la casa casi sin muebles y sólo con objetos indispensables de poco valor. Por supuesto dejé ese libro. Seguí trabajando en México y, cuando venía, pasaba la noche en la casita de México -una casa que sentía triste porque al llegar, no estaba mi esposa, ni mis hijos, ni el alboroto familiar. Tomaba yo algún libro para leer, pero no escogía la supuesta novelita, no obstante que siempre estaba ahí, a la vista. Nos robaron la casa dos veces y el librito seguía ahí. Hasta que un día le puse un poco de atención. Miré el título otra vez: “No hay amor más grande”, en letras grandes en la parte superior. La imagen era el tallo de una rosa roja cruzándose con un enorme clavo, que a mí me parecía un cincel. De fondo, había otra imagen, poco visible, con otro clavo, en cruz con algo que parecía un pequeño trozo de madera. Todo sobre unas viejas tablas. Al empezar a leerlo me di cuenta que se trataba del Nuevo Testamento, libro de inspiración divina, que a partir de entonces me acompañó, me confortó y me emocionó, en esas solitarias tardes, noches y mañanas en que estaba lejos de mi familia.
Pues bien, esta reunión, organizada por el equipo de trabajo de Editorial Yug, es para compartir este otro pequeño trabajo, que se nutre de diferentes fuentes, vivencias y reflexiones personales, con absoluto respeto a los diferentes credos, culturas, opiniones y formas de vida, en un marco de fraternidad en donde podamos todos aportar un granito de arena para una vida mejor. Es un libro que propone doce claves para meditar, para hacernos más conscientes de ellas en nuestras vidas y para experimentarlas en la aventura de la vida de cada uno de nosotros.
Se trata de compartir, en principio, no los bienes materiales que a veces
ambicionamos, sino los abundantes bienes que con frecuencia no valoramos y que, ahora, parecen escasear: el amor, la paz, la alegría y la belleza de la vida. Ahí están, copiosamente, y sólo hay que aceptarlos y vivirlos. Ciertamente requieren trabajo, un constante trabajo interior, pero valen la pena.
Nos hemos refugiado demasiado en el materialismo porque nuestra mente percibe, preponderantemente, la realidad manifiesta que penetra por nuestros sentidos y que procesa nuestro pensamiento racional, nuestro intelecto. Hemos inclinado nuestro cerebro más a lo racional y también, por qué no decirlo, paradójicamente, lo ponemos al servicio de pasiones malsanas. Demasiada astucia se pone en producir instrumentos para manifestar el odio y causar destrucción: me refiero a las armas y a las drogas. Inteligencias perversas al servicio de la pasión por el poder y la riqueza, un poder y una riqueza mal entendidos.
En contraste, hemos dejado de lado ese infinito y sutil universo que tiene que ver con los sentimientos elevados. Se nos dificulta percatarnos que es el estado de inquietud constante de la mente lo que impide trascender aquella realidad destructiva en donde somos presa de las ambiciones y de las pasiones malsanas.
Pero no sólo en el ámbito de las armas y de las drogas se experimenta una angustiante realidad. En la sociedad, en los grupos, en las familias y en lo individual existe también incertidumbre, inseguridad y miedo. En muchos casos se manifiesta violencia y llegamos a caer en conductas agresivas, lo que se debe a esa mente inquieta, temerosa y angustiada que no hemos podido trascender. Nos cuesta trabajo creer que podemos hacerlo, porque parece que no queremos creerlo. Y no queremos creerlo porque no queremos cambiar nuestras posesiones. Esas innumerables posesiones que son nuestros hábitos, nuestros vicios, nuestros consumos, nuestras pautas de pensamiento, nuestros placeres, nuestros apegos, en fin, todas esa cosas que son las únicas que creemos tener y de las cuales queremos recibir más y más, mismas que nos hacen sentir generosos cuando las damos, pero que sólo crean apegos y aflicciones.
Me parece que es cuestión de elección, que es posible creer en los bienes espirituales que la vida nos ofrece y que nosotros podríamos multiplicar. Que esos bienes espirituales existen realmente y que los podemos percibir, o más bien, intuir, sin necesidad de balanzas, pesas y medidas. Que los podemos mirar con los ojos del alma y que los podemos extender con la voluntad. Que podemos tener certidumbre, seguridad y confianza, porque son dones dados ya por la Generosidad Divina.
Podemos empezar por reconocer que nuestra mente está inquieta, y por creer que podemos sosegarla para afinar la intuición. Podemos creer que el Espíritu de Dios está rebosante de regalos que deposita en el bolsillo de nuestras almas. Y que sólo basta un pequeño esfuerzo -mucho menor al de una guerra, un rencor o una venganza, o al que se requiere para alimentar un resentimiento - y entonces podremos tener la ventura y el gozo de compartir esos regalos.
Confieso que hablar o escribir sobre lo que llamo “doce claves” es referirme a cosas superiores a mí. Por eso, quisiera habituarme a poner en mi mente un ruego: pon, Señor, en mi mente tus pensamientos y en mi boca tus palabras o concédeme la entereza de callar. Cosa que no siempre logro y por eso les agradezco su paciencia de escucharme.
Callar no es una cosa fácil, ni aún cuando estamos solos, porque la mente trae sus preocupaciones, sus rumores, sus inquietudes. Por callar, me refiero a dos cosas: al sentido de tranquilizar la mente y al de no proferir palabras vanas. El silencio es el ambiente más propicio para meditar, que es la clave que he puesto en primer lugar en el librito y la cual, practicada perseverantemente, entiendo, habrá de aproximarnos a la conciencia de unidad.
Y la propuesta es meditar sobre cada una de las doce claves, porque esa conciencia de unidad, nos acerca a la esencia que, en mi percepción, es Dios expresado en el amor.
En la fe, tercera clave, creo que habremos de encontrar la fuerza de voluntad para realizar un trabajo interior que se exprese externamente en un proceso de transformación no violenta, cuidando de la vida humana y de la naturaleza. Nuestro trabajo es el mensaje de cada uno de nosotros. Ahí nos podemos reconocer, entre otras cosas.
Y creo que la mejor manera de disfrutar y aportar bienestar con el trabajo es siendo generosos. Es decir que tenemos la opción de realizar el mejor de nuestros trabajos y renunciar a sus frutos o sus resultados, ofreciéndolos en la medida de nuestras capacidades.
Esto requiere algo que a mí me parece muy difícil, humildad, que a su vez trae aparejada la paciencia, no menos difícil que la anterior, pero que juntas nos llevan a verdaderas llaves de acceso tal y como lo expresan ciertos dichos de la sabiduría popular, como por ejemplo este que dice: “La paciencia es de cada mal el remedio universal”. O este otro que dice: “Con paciencia y buen modo, a menudo, desatas cualquier nudo.” Y para no abrumarlos con más dichos, permítanme sólo uno más: “La paciencia viene siendo, el secreto para un vivir contento.”
Casualmente, este último dicho nos lleva a otra de las doce claves, la octava, que es la alegría, el contento, que tanta falta nos hace. Ânanda, le llaman en sánscrito, esa lengua de sabiduría y misticismo, palabra que significa bienaventuranza, felicidad, el cual es un estado de unión entre el alma y el Espíritu, sobre el que hay que meditar hasta la fusión con ese estado de serena alegría.
La novena clave sobre la que hay, también, que trabajar mucho es: “Sentirse libre”. Se trata de liberarse, pero ¿de qué? En mi librito he escrito sobre liberarse de tres grandes obstáculos, que en realidad, amplío aquí, son tres conjuntos de obstáculos, los cuales son yugos, cadenas, limitaciones, lastres, en nuestra realización. En el primer conjunto concibo cinco: la ignorancia, la incertidumbre, la inseguridad, el miedo y la angustia existencial. En el segundo conjunto designo dos: el sentimiento de culpa y la autocondenación. Y en el tercer conjunto, otros cinco: los malos hábitos, los vicios, las pasiones malsanas, las morbosidades de mente y cuerpo ( o sea la enfermedad), y la muerte espiritual. Respecto a esta última me refiero a no secuestrar el alma ni ahogarla en el escepticismo, el excesivo materialismo y la apatía.
Y esto porque la vitalidad es lo que nos dará el poder de encontrar, en todo, la belleza -décima clave-, de apreciar la belleza y de proyectarla. Y a la vez, el reconocimiento y apreciación de la belleza, nos dará vitalidad.
La antepenúltima clave propuesta es trabajar, meditar, con el propósito de ser justos, o sea, la justicia. Por ahora sólo destaco dos cosas: 1) Hay que empezar haciéndonos justicia buscando enriquecer nuestras conciencias en trabajo individual y colectivo.
2) Solicitemos la asistencia superior para trascender la pobre, si se le puede llamar así, ‘justicia’ que se basa en el castigo y la venganza, e imploremos la inspiración Divina para arribar a aquella justicia que transforme nuestras conductas y perdone nuestras fallas, perdonando nosotros, a la vez, las que creemos son de otros.
Y por último, acerca de ser bueno, la clave número 12, dijo Jesucristo: sólo Dios lo es. Pero nosotros, si no es demasiada arrogancia, podemos aspirar a ser su instrumento en la bondad.
Finalmente quiero platicarles que, tiempo después de haber escrito este libro, fui a dar, en agradable encuentro, con dos términos, sobre los que hago una última reflexión. Uno proviene de la literatura budista y está en lengua pali, antigua lengua de Mâgadha, antiguo país de la India. Se trata del concepto “samyojana”. Significa yugo mental, atadura mental, traba o grillete. Esta palabra también la he visto escrita en plural y con “n”, “sanyojanas”, refiriéndose a diez cadenas u obstáculos para el progreso. He asociado, a posteriori, este concepto, a los tres conjuntos de “grandes obstáculos en la realización humana” mencionados en este trabajo y que vienen como primer capítulo breve en mi librito.
El segundo término proviene del sánscrito y lo encontré, también “casualmente” y a posteriori, separado del primero. La palabra está en plural, “paramitas”, en concepto se refiere a las “perfecciones o virtudes trascendentales, nobles puertas de virtud que conducen” a la sabiduría. El concepto se me sugiere asociado a las doce claves para la realización de una vida plena.
Estas casualidades y asociaciones me sugieren también que infinitas estructuras mentales y conceptuales, incluso complejas, están ya ahí y en todos, como figuras abstractas donadas por una conciencia infinita ( me atrevería a decir aún, más que transfinita: absoluta), para ser recreadas y vivenciadas. Tal y como en el plano físico descubrió el científico Benoit Mandelbroth, en su concepto de fractal, el universo es eso mismo, conjuntos
infinitos de fractales que se crean y se recrean a partir de estructuras simples como semillas y que se vuelven complejas como árboles.
Pero en la base está siempre una idea sencilla, que se puede expresar en unas cuantas palabras, como el exhorto cristiano: Ama a tu prójimo como a ti mismo.
Ahora he juntado las dos palabras y, como hacemos o hacíamos en la escuela cuando éramos estudiantes, este es mi acordeón y lo expreso así: superemos los sanyojanas utilizando como llaves los paramitas. Y quisiera también decirlo de otra manera, citando a Cristo, sólo la Verdad nos hará libres. Y esa es la herencia que nos espera cuando nos dispongamos a asumirla.
Muchas Gracias.
Bien.. Saludos al autor y felicitaciones por su libro. No lo he leido pero x su comenteario introducctorio asumo que debe ayudar a muchas personas, incluyendome xq soy de los q siempre encuentra provecho en las cosas buenas o de buenas inteenciones. Seria interesante q Ud revise esta introducción xq le falta precisión y eso es fundamental para animarse mas en la lectura del libro xq induce a pensar ¿ESTARA ESCRITO EL LIBRO EN IGUALES CONDICIONES....? Espero q no, x eso mi consejo. Disculpe y GRACIAS