Los señores del anillo
Enrique Arias Valencia
Un anillo para gobernarlos a todos.
Un anillo para encontrarlos.
Un anillo para atraerlos a todos.
Y atarlos a las tinieblas.
Tolkien
Platón es el origen de la filosofía occidental. Uno de los mitos preferidos de la literatura filosófica gira en torno al poder ilimitado que brota de un anillo prodigioso. Este mito aparece por primera vez en la historia en el diálogo La república de Platón, donde uno de los personajes narra cómo tras un colosal terremoto, el pastor Giges encuentra en una grieta un anillo mágico con el cual podía hacerse invisible aquel que se lo pusiese.
Gracias al curioso anonimato que le brinda el anillo, Giges consigue infiltrarse al palacio del reino, mata al rey, seduce a la reina e instaura una tiranía. Uno de los personajes de La República, Glaucón, comenta en tono de burla que el mito demuestra que quien dispone de poder será necesariamente injusto, en tanto que sólo es justo aquel que es impotente para cometer injusticias. El mito es muy convincente, y nos deja un mal sabor de boca.
Sin embargo, Platón escribió su colosal diálogo La república para persuadir a los hombres de que si apareciera un vendedor de anillos del pastor Giges, ningún hombre razonable debería comprarle nada. Platón argumenta que el hombre razonable tiene todo lo que necesita para ser feliz y no necesita nada más. Vive en una sociedad perfecta, en la cual todo el mundo es feliz con lo que posee. Y si todo el mundo vive contento, ¿para qué necesita el anillo de Giges?
Bien pronto nos damos cuenta de que La república es una respuesta utópica a un mito endiabladamente seductor. Por eso, el tentador anillo que se opone a una sociedad feliz comenzó sus andanzas en la literatura universal.
Otro de los lugares donde aparece el anillo mágico es la literatura alemana. Wagner, el músico filósofo, inspirado en las leyendas medievales, escribió El anillo de los Nibelungos, una ópera en la cual se cuenta cómo el horrible enano Alberich se entera de que en el fondo del río Rhin yace un tesoro consistente en oro puro, inocente y bello. En contraste, Alberich tiene un interés industrial, y gracias a las maravillas de la tecnología consigue robar el oro del río para forjar con él un anillo que brindará invisibilidad y poder a quien lo porte.
Se trata de un tema que se parece mucho al de Platón, pero con varias diferencias. Según Wagner, la naturaleza, al ser maltratada, no puede menos que defenderse, y acarreará cientos de desgracias a los portadores del anillo. Es una joya maldita que no dará contento a nadie. Wagner afirma que al final, para restablecer el orden del universo, debemos devolver a la naturaleza lo que le pertenece. En este caso el oro debe regresar al río Rhin, en una idílica comarca.
Llegamos así a una de las más populares versiones del anillo mágico. En El señor de los anillos Tolkien nos habla de un pueblecito tranquilo y utópico, pastoril y perfecto, que será víctima del poder. En la saga de Tolkien resulta que un día, un simple pastor encuentra un anillo... ¿la historia se cuenta de nuevo? Tolkien decía que no. Sostenía que no se basó ni en Platón ni en Wagner. Y sin embargo, el anillo de Tolkien también permite hacer invisible a quien lo lleve, y presume de muy poderoso. Aunque para ser justos con Tolkien sí hay una novedad en su anillo. En este caso, la sortija misma susurra al posible portador la promesa de un poder inmenso. Y además tal poder es irresistiblemente tentador. El anillo lleva una inscripción en una lengua ignota, si bien los fans de Tolkien la conocen de memoria.
El anillo de Tolkien posee inteligencia y voluntad. Es un personaje vivo y su misteriosa lengua recita las palabras del mal. Sus portadores se ven envueltos en la desgracia, y en realidad nunca gozan del supuesto poder ofrecido por el anillo. Éste promete pero no cumple; e incluso, esclaviza a quien lo lleve. El anillo de Tolkien es además el instrumento de un ser metafísico, Sauron, quien usa el anillo como medio de comunicación con los seres de este mundo.
El problema del anillo insano produjo un efecto curioso en sus autores. Todos dieron a luz gigantes. A Platón le llevó menos de dos páginas narrar el cuento de Giges, pero necesitó un pergamino muy largo para exponer un argumento en favor de la justicia, puesta en entredicho por el poder del anillo. Hoy tenemos La república al alcance de la mano en casi quinientas páginas.
Seguramente influido por Platón, a Wagner le tomó varios años escribir su tetralogía El anillo de los Nibelungos. La ópera completa dura poco menos de dieciséis horas, y hoy por hoy es la empresa musical más colosal de Occidente.
Tolkien escribió una trilogía sobre su anillo, completada por varios cuentos y relatos. Inventó muchos alfabetos que utilizan cada uno de los pueblos de su mundo, y para rematar, elaboró detallados mapas de los lugares que imaginó.
Veamos ahora algunos aspectos de las sociedades utópicas que concibieron estos tres autores. Platón propone una sociedad luminosa, pero severa, sobre la que se cierne una soberana mentira que permite a los gobernantes dirigir al estado dividido en muy estrictas clases sociales que practican una suerte de comunismo primitivo.
Wagner estaba fascinado con el relato de la edad de oro. En el remoto pasado, todos los hombres eran hermanos porque eran amigos de los dioses. Los dioses eran dueños de todo, y como los amigos lo comparten todo, los hombres eran dueños del mundo. Pero en su tetralogía, Wagner nos muestra a los inocentes Nibelungos sometidos al poder despótico de Alberich, quien finalmente será vencido por la Voluntad que devolverá la inocencia al mundo por medio de un sacrificio de fuego. Aquí la utopía se da por terminada por culpa del anillo.
Por su parte, la comarca que Tolkien retrata es una idealización de las islas británicas, con sus extensas campiñas salpicadas de pacíficas aldeas. La paz del lugar sólo se verá interrumpida por la presencia del anillo. El tono sombrío de Tolkien y Wagner contrasta con la jovialidad expositiva de Platón.
Hemos visto así, en forma breve y muy a las carreras, cómo Platón, Wagner y Tolkien nos invitan a que reflexionemos sobre una grave advertencia: el poder corrompe, y el poder absoluto, corrompe absolutamente, aunque provenga de un objeto tan pequeño y aparentemente insignificante, como puede ser un anillo. Se trata de un anillo con voluntad propia, el cual desde la antigüedad trata de gobernarnos a todos.