El valor de los sentimientos
Enrique Arias Valencia
Nada es en sí la belleza sin referirla al sentimiento del sujeto.
Kant
El reino del pensamiento ilustrado tuvo a bien expulsar al sentimiento de sus dominios. Dos más dos son cuatro, esté uno borracho o sobrio, enamorado o cuerdo. Parecía que para pensar no era necesario sentir. Antes bien al contrario, “quien mucho siente, poco piensa”, parecía sentenciar el espíritu de la época. Sin embargo, cuando los más preclaros filósofos de la ilustración tomaron en su manos el asunto, descubrieron asombrados una nueva revelación en torno al pensamiento.
Kant lo dejó bien claro cuando dijo: “Todos nuestros conocimientos comienzan con la experiencia, pero no todos nuestros conocimientos derivan de la experiencia”. La experiencia se basa en las intuiciones que recogen los sentidos para construir una imagen del mundo externo. Los sentidos son un puente con nuestros sentimientos, si bien nuestros sentimientos son mucho más que sensaciones.
Para pensar es necesario sentir, porque nada hay en nuestra mente que no haya pasado antes por los sentidos. Aristóteles vuelve a tener vigencia, si bien con una enmienda leibniziana: “Nada, salvo el entendimiento mismo”.
Sin embargo, cuando conocemos, no sólo pensamos; también sentimos. El círculo que vemos llega a nuestros ojos con un tamaño y una línea determinados.
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