Con mi madre pude escuchar la Cuarta sinfonía de Mahler un sábado de abril de 2007, en la Sala Ollin Yoliztli, con la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, con Enrique Barrios como director artístico. Esta sinfonía termina con una canción llamada “Lo que el niño me dice”, que trata de cómo se imagina un niño que sería el Cielo: lleno de dulces y juegos. Esta melodía me hace penar: “¡Oh, sí, sería tan bonito que Dios en verdad existiese!” Por eso me gusta la música clásica, porque me permite escaparme de la realidad.
Con mi amiga Rocío Ortega pude deleitarme con la Quinta sinfonía de este mismo autor, el sábado 26 de mayo de 2007. Ésta es una sinfonía muy tormentosa, y es del tipo de obras que me hacen pensar que los artistas son dignos de admirarse, pero no de imitarse. Es así como he podido seguirle la pista al buen Gustav en este año.
El sábado 26 de mayo, también asistí a la Facultad de Filosofía y Letras, donde el director de dicha Facultad disertó sobre Fray Alonso de la Vera Cruz.