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LAS CRIATURAS DE PROMETEO
I
¿Qué quimera es, por consiguiente, la del hombre?
¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos,
qué contradicción, qué prodigio!
Juez de todas las cosas, imbécil gusano de la tierra,
depositario de la verdad;
cloaca de incertidumbre y de error;
gloria y desecho del universo.
Pascal, Pensamientos,[8]
El hombre es un sueño brumoso recreado por un Dios desconocido; todos los sueños de los dioses son mera apariencia, están formados en la niebla.[9] Y sin embargo, la apariencia se asume como real, y gracias a eso, la apariencia se sabe separada de lo que la rodea, y la separación es causa de dolor. Por eso, a medida que pasa esta ensoñación, el hombre formado en la niebla manifiesta toda suerte de contradicciones: esta criatura deseará mucho y disfrutará poco, y así enfrentará el monstruoso caos de su corazón, alimentado por la soledad y los conflictos con sus semejantes. Porque lo primero que sucede ante la manifestación es la pluralidad: el hombre sabe que hay otros hombres.
Y un aciago día el hombre pensará: “¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Es esto todo lo que hay? ¿Quién de entre nosotros no ha soñado alguna vez con un mundo donde la alegría se realiza y no es un sueño infructuoso?”
Podríamos continuar así, y sin embargo, no alcanzaríamos siquiera a columbrar el carácter de lo humano, aunque algo de éste quizá empieza a esbozarse en el relato del párrafo anterior, cuando dice: “el hombre manifiesta toda suerte de contradicciones”. ¿Qué es el hombre?
El hombre es un sueño de la naturaleza. El compositor alemán Richard Wagner presentó en El ocaso de los dioses una sentencia de Erde, la Tierra, en la que afirma: “Mi dormir es soñar. /Mi soñar es pensar. /Mi pensar es la sabiduría”.[10] Podemos concluir que la Tierra manifiesta: “Mi dormir es la sabiduría”, para así formar un silogismo wagneriano. Y el hombre le debe todo a la Tierra, desde su alimento, hasta su última morada. El hombre es un juego de la sabiduría de la naturaleza. El juego de la sabiduría de la naturaleza es el tiempo. Y el hombre es la forma del sueño de la naturaleza. Si el hombre es un sueño de la naturaleza, ¿qué significa esto? ¿Qué es el hombre? Quien conozca la respuesta tiene en su poder las palabras de pase al templo de la sabiduría. Por su parte, Pascal repara en que el hombre es una quimera, y una quimera es producto de la ficción, es un sueño. Pascal considera que el hombre es una contradicción, pues en él se enfrentan multitud de motivos, entre ellos, la verdad y el error, lo más glorioso del universo y también lo más repugnante; por eso, parece que la lucha entre las tinieblas y la luz tiene en el corazón humano su más grandioso escenario. Esto puede llevarnos a advertir lo que es el hombre. El abanico de lo humano es vasto y complejo, y sus límites se escapan a nuestra vista, pues pertenecen tanto al bien como al mal, la certidumbre y la incertidumbre, lo negativo y lo positivo. Por eso, estar frente al hombre es tener frente a uno a la criatura donde se reúnen innumerables posibilidades, que se pueden enfrentar unas a otras. Acerca de la contradictoria condición del hombre, se pregunta Pascal: “¿Quién desenredará este embrollo?”[11] Esta pregunta sobre el embrollo que es el hombre, sólo puede ser formulada por un hombre, por lo que parece que el hombre es un extraño para sí mismo. Y al tratar de desenredar la madeja, al decidirse tanto por un camino como otro, el hombre no deja de pertenecer al género humano. Los límites de lo humano no pueden encontrarse. Heráclito afirmó: “No hallarás los límites del alma, no importa la dirección que sigas, tan profunda es su razón”.[12]
Sé que soy un hombre, pero no sé lo que es el hombre. ¿Un grumo de proteína que tan sólo por azar, evolucionó hasta convertirse en un Homo sapiens? Y, en verdad, ¿se distingue el hombre por su sabiduría? El otro no está apartado de mí, antes bien, está tan cerca, que puedo identificarme con él; el otro soy yo mismo. Este carácter de extrañeza frente a nosotros mismos ha quedado inmortalizado por las minorías celosas por conservar su identidad. La agudeza del pueblo judío es célebre por su piadoso acuerdo con respecto a lo que el hombre tiene de singular. Así, hay una historia que cuenta de un desdichado judío que un día lanzó la siguiente exclamación: “Señor, tú que ayudas a tantos extraños, ¿por qué no a mí?”[13]
En vista de que el hombre se sabe hombre, y sin embargo, no sabe lo que es el hombre, pareciera que el hombre es una paradoja, porque según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española, la paradoja es una “Especie extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de los hombres”.[14] ¿Quién sino un hombre se pregunta sobre la paradoja que es el hombre? Y nada más opuesto a la opinión de los hombres que admitir que, con seguridad, no sabemos qué es el hombre; pues quizá el común de los hombres sabe qué es el hombre, más no así nosotros.
Y a pesar de todo, o mejor dicho, no a pesar de todo, intentemos una respuesta, para lo cual insistiremos en nuestra pregunta y respuesta: ¿Qué es el hombre sino una paradoja?, porque lo que advertimos en el hombre es una contradicción en los términos: el hombre es la criatura donde reside la certidumbre, y el hombre es la criatura donde se aloja la incertidumbre, por lo que el hombre es una criatura donde confluyen la certidumbre y la incertidumbre. Sé que soy un hombre, pero no sé lo que es el hombre. Cuando el sabio Bodidarma fue a China, se entrevistó con el emperador, quien le preguntó: “¿Quién eres?”, y Bodidarma contestó: “No lo sé”. A continuación, el sabio abandonó para siempre aquel país.
“Cuando el emperador habló de este asunto con el príncipe Chih (su mentor espiritual) éste le preguntó: «¿No sabe su majestad quién es ese hombre?» El emperador dijo: «No lo sé». El príncipe dijo: «Es el [...] que trae a nuestro país el sello de la mente búdica».[15]
Pero aquel que traía la enseñanza budista nunca volvió. ¿En qué consistía su enseñanza? La mente búdica es aquella que puede ver el mundo tal cual es: puro deseo producto de una limitación que acarrea dolor. El dolor es producto de los contradicciones de los seres, y para extinguir el dolor hay que extinguir los deseos; cosa que muy pocos hombres hacen, por lo que el hombre, en general, se vuelve así en el ser donde confluyen muchos elementos contradictorios. Aquello donde confluyen elementos contradictorios es incompatible con la opinión establecida, y en vista de que en el hombre se dan cita los extremos más sorprendentes, como el ser la gloria y la vergüenza del universo, es por eso que advertimos que el hombre es una contradicción extremosa que nos lleva a reflexionar más allá de los criterios establecidos, pues hay que advertir que la contradicción humana puede acarrear la antipatía de los intereses del orden y la tranquilidad determinados por la opinión general, porque se trata de una contradicción dinámica que es capaz de desafiar y aun de disolver la mentalidad cotidiana, pues reclama que se llegue a resolverla o aceptarla como una cuestión incontestable. Las opiniones insólitas llevan la contraria a la opinión establecida en un determinado tiempo y lugar, se mueven a contracorriente.
En vista de que Bodidarma se sabía hombre, pero no supo decir quién era, pareciera que Bodidarma es partícipe de la paradoja humana, pues él era quien debía llevar a China la enseñanza budista, pero nunca volvió a aquel país. ¿Cómo saber qué es lo representativo del género humano?
Así, por ejemplo, hay cierta opinión común que destaca los actos buenos como representativos del género humano, en tanto que descalifica los malos como inhumanos. Pero el hombre es capaz de realizar actos monstruosos, y no por eso deja de pertenecer al género humano; de hecho, es una de las condiciones del hombre el ser capaz de hacer las peores canalladas. Por eso, incluso el más despiadado de los asesinos sigue siendo un hombre. Si no advertimos esto, estamos ignorando que también nosotros tenemos la capacidad de actuar como él. Por supuesto, ésta es tan sólo una de las caras de la moneda, pues en tanto que somos hombres, también puede manifestarse en nosotros la posibilidad de realizar los actos más representativos de la bondad humana. Pero, ¿qué sucedería si no supiéramos cuáles son los actos buenos y cuáles los malos?
II
Aquel que reconozca el siguiente problema filosófico, entenderá la broma que hacemos a continuación sobre las clases de hombres que pueblan el mundo. El objetivo es intentar contestar a la pregunta sobre qué es el hombre desde un argumento paradójico. Por eso, quien infiera el argumento, podrá juzgar la contradicción en el mismo centro de ésta: el hombre.
Los hombres honrados dividen a los hombres del mundo en dos clases: los honrados y los bribones. Los bribones, en cambio, creen que todos los hombres del mundo son bribones, y por lo tanto, no dividen a los hombres en clases. Ahora bien, nosotros suscribimos la observación de Goethe que reza: “¡Lástima que la Naturaleza hiciera de ti un hombre solo, pues tienes madera para que hubiera sacado una persona honrada y un bribón!”[16]
Si la observación de Goethe está dirigida a todos los hombres, entonces Goethe pertenece a la clase de hombres que no dividen a los hombres en dos clases, porque hay una sola clase de hombres, en la que todos los hombres bien pueden tener madera suficiente para ser honrados o bribones. Y nosotros, al suscribirla, también pertenecemos a la clase de hombres que no divide a los hombres en dos clases. Por lo tanto, estamos seguros de que existen dos clases de hombres en el mundo, aquellos que dividen a los hombres del mundo en dos clases y los que no lo hacen. Y nosotros, según vimos, pertenecemos a la segunda de estas clases.
El hombre no está acotado por los parámetros del bien y el mal, sino que el hombre acota los parámetros del bien y el mal.
El hombre es un embrollo que busca desatarse; una vez que lo consigue, la paradoja humana queda expuesta y no puede sino aceparse o desaparecer. ¿Acaso será que el hombre es tan sólo un engaño, y por lo tanto, una apariencia? Hasta el momento nos hemos referido al hombre como un “embrollo” de manera no problemática, como si esto fuera algo evidente, y por lo tanto, indudable. Desde luego, esto sería falso, pero con ello en mente intentaremos ahora apuntar al problema que se presenta cuando afirmamos que la actividad filosófica del hombre arranca con el supuesto de que el mundo ordinario no es todo lo que hay.
En vista de que el mundo ordinario es precisamente, ordinario, resulta insatisfactorio, porque en el mundo ordinario está desterrado el contento permanente. Pero resulta que el hombre bien puede albergar la esperanza de que el contento puede realizarse en algún lado. Y el hombre insatisfecho cede a la tentación irresistible de asumir la creencia de que existe un mundo distinto del mundo ordinario, y lo que es más, el mundo ordinario es falso, en tanto que el mundo distinto del mundo ordinario es verdadero. La particularidad y la multiplicidad son los rasgos distintivos del mundo ordinario, Y dado que el mundo ordinario está habitado por hombres, es posible que éstos, tanto el mundo ordinario como los hombres no sean más que apariencias de un mundo distinto del mundo ordinario, en el que, en vez de la multiplicidad y la particularidad, se enfatizará progresivamente la generalidad y la unidad. Esto bien puede desembocar en que el hombre resalte la idea de que el yo personal es una característica del mundo ordinario y por consiguiente, falso, como todo lo que hay en el mundo ordinario. El hombre, uno de los habitantes más conspicuos del mundo ordinario, es una falacia al igual que su mundo.
Sin embargo, aún así, el mundo ordinario sigue estando frente a nosotros, y el hombre, también. Parece que la totalidad del mundo que presentamos como alternativa al mundo ordinario no puede ser representada, más que en forma de aproximaciones y apariencias.
Muchas obras de arte se valen de apariencias para expresar la intención de su autor. Así, una escultura de Apolo es una representación de un dios en una piedra. ¿Qué nos dicen el arte y las apariencias del hombre?
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[8] Blaise Pascal, Pensamientos, Madrid, Sarpe, 1984, pág. 150.
[9] Hay un mito hindú que sostiene que el mundo es un sueño nocturno de Brahma, el dios creador. Cada noche de Brahma dura 4320 millones de años. Al respecto, el astrónomo Carl Sagan comenta: “Hay en esta religión el concepto profundo y atrayente de que el universo no es más que el sueño de un dios que después de cien años de Brahma se disuelve en un sueño sin sueños. El universo se disuelve con él hasta que después de otro siglo de Brahma, se remueve, se recompone y empieza de nuevo a soñar el gran sueño cósmico. Estas grandes ideas están atemperadas por otra quizá más grande todavía. Se dice que quizá los hombres no son los sueños de los dioses, sino que los dioses son los sueños de los hombres”. Carl Sagan, Cosmos, México, Planeta, 1985, pág. 258.
[10] Wagner, apud. Ángel Fernando Mayo, op. cit., pág. 81.
11 Blaise Pascal, op. cit., pág. 150.
12 Heráclito, fragmento 45, Fragmentos, Madrid, Ediciones Orbis, 1984, pág. 215.
13 Citado por William Davis en El humorismo, Barcelona, Salvat, 1975, pág. 17.
14 Diccionario de la Lengua Española, Real Academia Española, Madrid, Espasa -Calpe, 1970.
15 Philip Kapleau, El despertar del Zen en Occidente, Barcelona, Kairós, 2000, pág. 136.
16 Johann Wolfgang Goethe apud. Sir Arthur Conan Doyle, Obras completas II, Orbis, pág. 202.Tags: Wagner, Pascal, Carl Sagan, Heráclito, Goethe, paradojas