miércoles, 06 de junio de 2007
“Esta alegre necesidad propia de la experiencia onírica fue expresada asimismo por los griegos en su Apolo: Apolo, en cuanto dios de todas las fuerzas figurativas, es a la vez un dios vaticinador. Él, que es, según su raíz, «el Resplandeciente», la divinidad de la luz, domina también la bella apariencia del mundo interno de la fantasía. La verdad superior, la perfección propia de estos estados que contrasta con la sólo fragmentariamente ininteligible realidad diurna, y además la profunda consciencia de que en el dormir y el soñar la naturaleza produce unos efectos salvadores y auxiliadores, todo esto es a la vez el analogon simbólico de la capacidad vaticinadora y, en general, de las artes, que son las que hacen posible y digna de vivirse la vida”.[65]
 
El frío mármol es la expresión del etéreo sueño. ¿Por qué? Porque ya aquí se evidencia el conflicto que a todas las cosas envuelve. La divina proporción de un bello sueño expresado en mármol. Nada más opuesto al sólido mármol que un sueño. Y sin embargo, el mármol será el vehículo de expresión del escultor clásico para representar sus sueños.
 
Atleta es aquel que ha disciplinado sus movimientos para dar por resultado la proporción de sus músculos y su cuerpo. Y quien ha encauzado sus movimientos para obtener la armonía corporal, es objeto de la atención del escultor. Dicho objeto de la aplicación del escultor es la representación del personaje, en la postura de un instante pleno. La plenitud es aquello que busca mostrar el escultor. Y la representación de un atleta, en la postura de un instante pleno, es, en este caso, el preciso momento que precede al lanzamiento del disco. El momento, determinado con precisión, muestra un cuerpo desnudo que evidencia la musculatura en tensión. Y este cuerpo ostenta así, con sus músculos, la fuerza a punto de desenvolverse. Toda esta postura es algo más que la figura del cuerpo de un atleta, representada en mármol. En el Discóbolo está presente una medida, una proporción que otorga serenidad y límites al movimiento. Dicha medida, fórmula de proporción, es el canon clásico. Por lo tanto, en el Discóbolo está presente el canon clásico. El canon clásico es aquel que, entre otras reglas, prescribe un eje, una línea central imaginaria en torno de la cual las esculturas distribuyen sus formas. Y esta línea imaginaria es aquello que nos comunica una impresión de proporción armónica. Por lo tanto, el canon clásico nos comunica una impresión de proporción armónica, la cual está apaciblemente individualizada en las figura de un atleta. Y por ventura, lo anterior nos permitirá afirmar que el Discóbolo expresa la belleza. Belleza que se hace divina e individual cuando el atleta consigue ganar tres veces una carrera.[66]
 
“Esta divinización de la individuación, cuando es pensada como imperativa y prescriptiva, conoce una sola ley, el individuo, es decir, el mantenimiento de los límites del individuo, la mesura en sentido helénico. Apolo, en cuanto divinidad ética, exige mesura de los suyos, y, para poder mantenerla, conocimiento de sí mismo. Y así, la exigencia del «conócete a ti mismo» y de «no demasiado» marcha paralela a la necesidad estética de la belleza, mientras que la autopresunción y la desmesura fueron reputadas como los demones propiamente hostiles, peculiares de la esfera no-apolínea, y por ello como cualidades propias de la época pre-apolínea, la edad de los Titanes, y del mundo extra-apolíneo, es decir, del mundo de los bárbaros”.[67]
 
¿Qué es la belleza? ¿Qué es lo que, sin mediación alguna de palabras, está ahí, con una medida equilibrada, en armonía con la figura del mármol? ¿Qué es aquello que marca el límite en el mármol, la piedra convertida en obra de arte? ¿Qué clase de hombre es Mirón, capaz de representar, por medio de una escultura, algo bello? ¿Y cuándo podemos decir que un hombre es bello? ¿y cuándo podemos afirmar que un hombre puede mostrarnos la verdad sobre el mundo? ¿Quién es ese hombre?
 
¿Qué es el hombre? El hombre es la más bella forma en movimiento del mundo como representación, el hombre conoce la ley del individuo, es la criatura formada con los deseos de Prometeo, el depositario de la mesura que lo lleva a intentar conocerse a sí mismo. De todo ello nos hablan las esculturas griegas. Y sin embargo, en tanto que objetivación de la voluntad, el hombre es la objetivación suprema de la voluntad, y como tal la belleza participa de la voluntad en la figura humana. Por ello dice Schopenhauer:
 
“Cuando hablamos de belleza humana usamos una expresión objetiva, que designa la más perfecta objetivación de la voluntad, en el grado superior en que se manifiesta: la Idea del hombre en general, expresada enteramente en su forma corpórea”.[68]
 
En el hombre puede expresarse la más bella Idea del mundo como representación y la más espléndida objetivación del mundo como voluntad. Al referirnos a la belleza del hombre señalamos al grado superior en que la voluntad se hace visible: al cuerpo le corresponde la más bella Idea del mundo como representación y al hombre le corresponde la más excelsa objetivación del mundo como voluntad. La Idea del hombre, afirmada por completo en la forma de su cuerpo, y cuya Idea ha sido captada por el artista, es expresada parcialmente en el mármol del Discóbolo.
 
VII
 
Cuando Schopenhauer nos habla de la belleza representada en la escultura griega, su pluma se hace pulida y amable. Las disquisiciones en torno a la voluntad enfrentada consigo misma ceden su puesto al papel del conocimiento en el hombre, y cómo éste está caracterizado por medio de la belleza en la escultura griega. El conocimiento es la aprehensión de una cualidad, en este caso, la aprehensión de la cualidad de la belleza. ¿Redime el arte al hombre? ¿Cuál es el requisito para la redención que nos otorga el arte? En tanto que la reflexión estética hace al filósofo reposar su afán de aprehender, en esa medida el pensador se emancipa de la servidumbre de la voluntad, y esto lo lleva a considerar el conocimiento, el cual viene a ser así, la facultad que le permite suspender los dictados de la voluntad, y dado que el pensador que contempla alguna manifestación artística puede suspender la sumisión de la voluntad, podemos concluir que éste puede gozar de los favores del conocimiento, favores mediados por la belleza, signo sensible del conocimiento en las proporciones privilegiadas de una cabeza humana. Y uno de estos favores es, la redención por medio del arte. El arte redime al hombre cuando el conocimiento permite suspender los dictados de la voluntad.
 
Schopenhauer nos dice que es la regla que el conocimiento asista a la voluntad, porque ha surgido para beneficio de ésta; por eso este filósofo afirma que el conocimiento emerge de la voluntad tal como lo hace la cabeza del cuerpo. Todos los animales están sometidos por completo a los dictados de la voluntad. En cambio, en el hombre, en ocasiones, pueden detenerse dichos dictados. Esta distancia entre el hombre y el animal se manifiesta externamente por la diferencia que existe en los lazos entre la cabeza y el resto del cuerpo. Aquellos seres que dirigen su atención a la tierra, serán los que responderán mejor a los mandatos de la voluntad, en tanto que aquel que pueda elevarse para someter con su mirada el espacio que tenga frente así, bien podrá, por raro privilegio, suspender los mandatos de la voluntad. Y es así que en los animales inferiores, cabeza y tronco se confunden; todos los animales orientan su cabeza hacia el suelo, donde se reúnen los elementos de la voluntad; incluso entre los animales más evolucionados, la cabeza y el tronco están menos especializados que en el hombre, en el cual la cabeza está casi emancipada del tronco, sostenida por éste y no colocada para servirle. Schopenhauer afirma que esta prerrogativa del hombre está representada de manera artística en el Apolo de Belvedere; la cabeza del dios de las Musas se enseñorea del espacio y con su mirada abarca todos sus dominios. Haciendo patente el canon clásico griego, la cabeza de Apolo resplandece con entera libertad sobre sus hombros y con ello tiende a separarse del tronco, y así, librada de los afanes del cuerpo, puede gozar por sí misma, como puro sujeto de conocimiento.
 
“Por lo general, el conocimiento siempre está dedicado a servir a la voluntad como nacido para este servicio, y pudiendo decirse que brota de la voluntad como la cabeza del tronco. En los animales esta servidumbre es constante. En el hombre, algunas veces, por excepción suele ser suspendida, como veremos más adelante. Esta diferencia entre el hombre y el animal se expresa exteriormente por la diferencia en las relaciones entere la cabeza y el tronco. En los animales inferiores, ambos están completamente indiferenciados; en todos, la cabeza se dirige a tierra, donde se hallan los objetos de la voluntad; aun en los animales superiores, la cabeza y el tronco están menos diferenciados que en el hombre, en el cual la cabeza está libremente colocada sobre el cuerpo, sustentada por éste y no puesta a su servicio. Este privilegio de la especie humana está representado de modo eminente en el Apolo de Belvedere; la cabeza del Dios de las musas domina con su mirada el espacio y aparece tan libremente sobre los hombros que parece desprenderse del cuerpo y como emancipada de los cuidados que al cuerpo la atan”.[69]
 
Schopenhauer afirma que “La figura y la expresión humana son el objeto más importante de las artes plásticas, así como las acciones del hombre el más alto objeto de la poesía”.[70] ¿Por qué? Porque el hombre es la más acabada expresión de la voluntad, que siendo ciega en la objetivación de sus grados inferiores, alcanza la luz del conocimiento al manifestarse en el hombre. Y la luz del entendimiento permite la suspensión de la voluntad y dicha suspensión es lo que Schopenhauer llama la negación de la voluntad de vivir y que tanto impresionara a Wagner.
 
La poesía más elevada es aquella que trata de los actos del hombre y nos descubre su contradicción. La tragedia nos habla del conflicto de la voluntad en su máxima y terrible manifestación, y siendo el hombre el lugar donde la voluntad se manifiesta con todo su horror y majestad, la tragedia es la obra donde se trata con poesía de la contradicción más intensa de la voluntad. La tragedia es la obra poética que habla del conflicto humano con la belleza de las palabras medidas.
 
No obstante, Beethoven recurrirá a una poesía ajena a la tragedia para culminar su Novena sinfonía. Tomará un himno de Schiller donde se exaltan la alegría y la fraternidad humanas. El himno A la alegría es un Trinkenlied, melodía para ser cantada mientras se escancia el vino durante un banquete. Una canción que nos redime del dolor de la vida y nos exhorta a una vida buena. Una vida buena acompañada por el vino tiene que ser una vida acompañada por un buen vino.
 
“An die Freude se inscribe en una tradición de elogios a la alegría propia del siglo XVIII, marcada por la enunciación amistosa de las canciones báquicas, las Trinkenlieder. Schiller es de los primeros en asociar la alegría a un Weltgefühl, un «sentimiento del mundo»; la felicidad terrestre de la Humanidad desempeña en el texto un papel esencial”.[71]
 
Una vez que la sordera ha hecho presa de él, y tan pronto como ha aceptado su destino, Beethoven usará una divisa, “A la alegría por el sufrimiento”,[72] frase que lo hermana con la tradición romántica que sabe ver el valor del sufrimiento, y que no lo rechaza, sino que lo asimila como parte del proceso que desemboca en la alegría. La alegría es un anhelo que muchos hombres comparten. Mientras más intenso sea nuestro anhelo, más intenso será nuestro dolor. Ante todo, debido a que todo anhelo brota como resultado de una carencia, y por lo tanto, de un dolor. Por eso, la calma transitoria de todos los anhelos, que se produce cuando el hombre se entrega a la contemplación de lo bello es por eso mismo, un elemento de redención. La serena mirada del Apolo del Belvedere es una invitación a entregarnos a lo bello: rendido al imperio de lo bello, el hombre apacigua sus anhelos y se abandona al placer estético, y por lo tanto, redime su dolor momentáneamente. Lo mismo hace por nosotros la música, porque nos invita a olvidar la falta de armonía que hay entre los hombres por medio de la armonía de las notas melódicas. La música, convertida en el lenguaje de la pasión, sin ser ella misma pasión, es el símbolo de una sociedad utópica en la que la emoción contribuye a la armonía de los hombres que conforman dicha sociedad. En el horizonte simbólico, la voz colectiva es inherente al coro báquico, y dicha congregación se expresa por medio de un himno A la alegría.
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65 Ibid., págs. 42-43.[]
66 Esta costumbre griega está expresada en los términos en que los atletas podían acceder a la inmortalidad: “Consiguieron la categoría de héroes por haber ganado la carrera de cien metros en Olimpia. Zeus había concedido este favor a los vencedores de aquella carrera en los Juegos porque una tradición suponía que al nacer, cuando todavía era un tierno infante, antes de que su padre Cronos pudiera devorarle como había hecho con sus anteriores vástagos, unos muchachos dorios que jugaban a correr en la vertiente del Ida oyeron los gritos del recién nacido, lo raptaron y se lo llevaron a la lejana Olimpia. Por este favor, los mancebos que vencían en la carrera de cien metros tenían derecho a erigirse una estatua. Eran héroes. Si ganaban tres veces la misma carrera, al derecho de la estatua se añadía el del parecido, y el retrato podía recibir entonces las facciones del héroe retratado; sin esta triple victoria, la estatua se identificaba con una simple inscripción.” Varios autores, Historia del arte. Arte griego, Vol. 5, Barcelona, Salvat, 2000, pág. 17.[]
67 Friedrich Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, México, Alianza Editorial, 1997, pág. 58.[]
68 Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad, y representación, México, Porrúa, 1998, pág. 177.[]
69 Ibid., pág. 147.[]
70 Ibid., pág. 170.[]
71 Esteban Buch, La novena de Beethoven. Historia política del himno europeo, Barcelona, El Acantilado, 2001, pág. 85.[]
72 Beethoven apud. Esteban Buch, op. cit., pág. 174.

Tags: Wagner, Beethoven, Nietzsche, Schopenhauer, arte

Publicado por Ariastoteles @ 22:33  | El arte redentor
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