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CONCLUSIÓN
I
“El hombre es un dios en ruinas”.
Emerson
En El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer cita los versos de Shakespeare que dicen: “Estamos hechos de la misma tela que los sueños y nuestra corta vida está rodeada de un sueño”.[192] Schopenhauer considera que este sueño equivale al engaño que nos produce el despliegue del velo de Maya. Por su parte, Nietzsche nos convence de que el hombre es un sueño de un Dios sufriente. Este Dios es Dioniso. No se trata de un Dios personal, si por personal entendemos que es alguien a quien podemos dirigirnos y esperar de él una respuesta a nuestras aspiraciones humanas; antes bien al contrario, Dioniso es recalcitrantemente impersonal. Es el trasfondo indiferenciado que subyace en todos los fenómenos. Y dado que mi yo no es más que un fenómeno, pues adiós a los anhelos de inmortalidad de mi yo individual. Por eso, mi corazón está en luto perpetuo porque sabe que mi alma nació muerta.
A esto le llamamos el descubrimiento del mundo como abismo. Los griegos conocieron los horrores de la existencia, nos dice Nietzsche. Horrores que también nos hacen ver el mundo como abismo. Los griegos irguieron a sus dioses para soportar los estremecimientos que la existencia puede provocarnos cuando la miramos tal cual es.
Y, ¿cómo es la vida tal cual es? La vida es puro dolor, en esto, Nietzsche sigue a Schopenhauer, quien sostiene que “la vida está tan llena de tormentos y penas, que, o se la debe prevenir por medio de acertados pensamientos, o se la debe abandonar”.[193] Si pasamos por la fase de la decepción, ésta nos puede conducir a la consideración del suicidio. Pero dicha fase es sólo la primera parte de la sentencia: “la vida es puro dolor”.
No obstante, el hombre en tanto que es una objetivación del grado superior de la voluntad, participa del autodesdoblamiento de la voluntad: “el género humano encarna aquella lucha, aquel autodesdoblamiento de la voluntad, con la más terrible violencia en que el hombre llega a ser el enemigo del hombre: homo homini lupus”.[194] Y el hombre responde como objetivación de la voluntad: “En el fondo lo que encontramos es esto: que la voluntad se devora a sí misma, porque fuera de ella nada existe y es una voluntad hambrienta. De aquí la caza, la angustia y el dolor”.[195] Terrible verdad: somos esclavos de una voluntad impersonal. A pesar de todo, bien puede suceder que tropecemos con una forma de expresión humana que nos regrese nuestra dignidad perdida.
“Sin embargo, ya veremos [...] cómo en algunos hombres el conocimiento se emancipa de esta servidumbre, logra sacudir su yugo y, libre de todos los fines de la voluntad, puede subsistir por sí mismo como espejo claro y limpio del mundo, y entonces nace el arte”.[196]
Al descubrir el dolor que impera en este mundo, todo hombre sincero bien puede hacer un brindis por la miseria del mundo. ¿Quién puede explicar la miseria del mundo? La salvación de nuestra condición depende del enfrentamiento con la verdad. La Salvación bien puede ser descubrir el arte. Y he aquí una diferencia entre Schopenhauer y Nietzsche, pues, para el primero, la tragedia nos habla de sufrimiento y resignación, en tanto que para el segundo, la tragedia nos habla de la afirmación de la vida aun con todo su dolor. Así queda completa nuestra afirmación: “la vida es puro dolor que debe transformarse en alegría gracias a la salvación que nos brinda el arte”. El arte sobreviene para salvarnos de la verdad, nos convence Nietzsche. Liberémonos, pues, de la verdad.
Y resulta que el discurso de Oriente, la religión, nos lleva a hablar de la liberación de todo tipo de atadura, la libertad absoluta, el fin del trabajo espiritual, el objeto de lo que en la India se conoce como jivanmukta, “que es aquel que alcanza la liberación en esta vida”.[197]
Las religiones orientales hablan de la práctica espiritual del hombre como un camino; así, el budismo, por ejemplo, también es conocido como el camino de en medio. En la India se habla de caminos para referirse a las diferentes formas de acercarse a la divinidad. Uno de estos caminos es el Shaivismo. Elsa Cross en La realidad transfigurada encuentra varios paralelos entre el gozo que alcanza el jivanmukta, sustentado por el Shaivismo de Cachemira y la figura de superhombre nietzscheano:
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[192] William Shakespeare apud. Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, México, Porrúa, 1998, pág. 29.
193 Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, México, Porrúa, 1998, pág. 81.
194 Ibid., pág. 125.
195 Ibid., pág. 130.
196 Ibid., pág. 129.
197 Elsa Cross, La realidad transfigurada. (En torno a las ideas del joven Nietzsche), México, UNAM, 1985, pág. 118.
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