A sus tres años, la pequeña Lily toca un xilofonito, mientras yo canto. Las notas de Lily sólo son acordes dispuestos al azar, en tanto que mi garganta no es muy buena; y sin embargo, la escena me gusta no por su valor estético, sino porque nace del corazón. El xilofonito es un regalo de Rosa Angélica a Lily, a quien no conoce todavía. La canción que canto es la Estrellita de Mozart, y tiene la letra adaptada por mí, y dice: “Lilicita, ¿dónde estás? Di que no me olvidarás”. Parece que la pequeña niña está a punto de cambiar de residencia, y se irá muy lejos de donde vivo, cosa que me provoca un nudo en la garganta mientras intento seguir la melodía.
En su tiempo, Mozart era un garbanzo de a libra. Hoy los niños prodigio abundan, y sé que si Lily recibe una oportunidad podrá llegar a ocupar un lugar destacado en el universo del conocimiento, pues es una niña muy inteligente.
En vista de que no cuento con un video para mostrarles a Lily, me conformaré con enseñarles a esta otra niña, quien con tierna gracia a sus seis años interpreta a Bach en el piano.
Estoy seguro de que Lilith desarrollará todo su potencial humano en donde sea si ponemos las herramientas digitales para ello, de lo contrario pertenecerá al PRI, PRD o PAN, o lo que es peor, se convertirá en alguuien como George Bush o Calderón.