21 cañonazos en honor de Sor Juana 21/21
Enrique Arias Valencia
Yo soy el abogado de Dios. ¿Cómo no rendir honor y gloria a las fuerzas vesánicas que luchaban desde tiempo ha por devorar a sor Juana? ¿Cómo no avenirse con el terrible arzobispo de México el R. P. Aguiar y Seixas, quien gracias a la imprudencia del obispo de Puebla Antonio Núñez de Miranda y de la propia sor Juana pudo por fin descargar (nunca antes mejor dicho) todo el peso inquisitorial sobre la poetisa más importante del universo? Después de todo, ¿qué hace la sociedad con los genios? ¿A qué juega el alma del mundo?
¿Qué es lo que quiere el corazón del mundo, qué persigue la Voluntad ansiosa si no es tragar a sus mejor logrados ejemplares? Ya el enloquecido Nietzsche se preguntaba en los párrafos más lóbregos de El anticristo: “¿A qué los griegos?” Pues bien, nosotros del mismo modo podemos preguntarnos, sepultados por los poderes del libre mercado y de la Gran Política: “¿A qué sor Juana”?
¿Quién canta en nombre de la ciencia? Si Richard Dawkins retrocede lleno de pavor frente a la verdad de los elementos desencadenados en la sabana africana cuando se pregunta, como un niño pequeño: “Si sólo hay un Creador que hizo al tigre y al cordero, al guepardo y a la gacela, ¿a qué está jugando? ¿Es un sádico que disfruta siendo espectador de deportes sangrientos?”, ¿qué hace por el contrario, sor Juana? Ella avanza decidida, cilicio en mano, al sacrificio final que la vida misma le exige a todo individuo: renunciar a sus ilusiones. Amparada por la valentía, nuestra monja encarnará el personaje con el que desempeñará el papel con el que culminará su tragedia: ser una mujer inteligente en un mundo dominado por varones imbéciles.
Entre cantos y rezos, trasfondo una epidemia, la existencia y el intelecto de un alma sutil se consumen en un sombrío convento del siglo XVII. ¿Merecía el mundo a sor Juana o sor Juana merecía el mundo que le tocó vivir? La copa derramada reboza con la sangre más pura, sangre que servirá para firmar un pacto con los poderes del Cielo, una abjuración con las letras, y a continuación será partir y dejar en la más oscura orfandad a la Tierra. La pluma calla.
Occidente se desploma en medio de sus más caras contradicciones: por un lado, una ciencia enloquecida que, auxiliada por la técnica sólo busca fabricar las más refinadas armas, ciencia celebrada por pseudocientíficos para quienes lo más importante es demostrar que descendemos de los simios cuando nuestros actos nos revelan como los más enfebrecidos demonios; y en el otro extremo, un cristianismo incapaz de sustentarse por sus propios medios, impotente para bajar a Cristo de la cruz donde murió aniquilado por el capitalismo, el comunismo, el racionalismo y el progreso. Y en medio de nosotros, es la madre Juana, como un Dios que, ya nos demostró siglos atrás, sólo es un alma solitaria, sólo es cuadro y festejo de claroscuros. Sor Juana, a punto de perderse en su ruina, no deja de despertar nuestra envidia, pues todavía alcanza a decirnos que ella es, fue y será:
“la sombra fugitiva,
que en el mismo esplendor se desvanece”
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