lunes, 12 de noviembre de 2007
¿Quién canta en nombre de la ciencia?


Enrique Arias Valencia

“Lo que sólo he deseado es estudiar para ignorar menos”.
Sor Juana Inés de la Cruz



Érase una vez una hermosa mujer cuya sola cabeza albergó todas las ciencias de su época. Aguda matemática, astrónoma sutil, física consumada y experta en Platón. Los varones tontos la envidiaban. Los varones listos le hacían la corte. Pero ella a ambos grupos con gracia sin igual, los desdeñaba.
Un día de cuaresma de 415, la madura pagana (porque sí lo era) rauda se dirigía a sus labores en la vetusta biblioteca de Alejandría, pues el Egipto inmortal era su patria. De pronto, la célebre científica fue sorprendida por unos rabiosos asaltantes, quienes detuvieron al caballo de su carro, asesinaron al auriga y sin pudor, la desnudaron. La mujer cautiva fue conducida a un templo remoto. De pronto, prorrumpió la lluvia.
El broncíneo fragor del trueno perfiló con funestos acordes la escena. El relámpago se encargó de iluminar el templo que se había quedado a oscuras, porque los apóstoles de la intolerancia habían decidido apagar todas las antorchas, excepto una.
La joven mártir de la ciencia fue brutalmente golpeada. Uno de sus captores sugirió mancillarla; los demás replicaron con una sardónica carcajada. Indiferentes, algunos testigos sólo comentaban la escena. Nadie movió un dedo para salvarla.
Exánime, la mujer yacía en el suelo. Sus crueles verdugos la desollaron armados de conchas de almeja, hay quien dice que de la especie Vieira. Sus restos fueron quemados, al igual que sus libros. Nada queda de sus obras, salvo el nombre de su autora, el cual era Hipatia. ¿Por qué fue asesinada? ¿Por ser mujer? ¿Por ser sabia? ¿Por ser pagana? ¿Porque en una sola persona se reunían todos estos caracteres? En cierta forma, cuando llegó un Dios proclamando que él era el único, los demás murieron consumidos por una infinita tristeza. ¿Qué Fénix debía resurgir de aquellas cenizas para rescatar con honor el recuerdo de su hermana?
No soy feminista, pero me avergüenzo de ser varón tan sólo de pensar en el sufrimiento que gente de mi género infligió a dos de los intelectos más brillantes del mundo: Hipatia y sor Juana, si bien la segunda de ellas corrió con más suerte que la primera. Sor Juana supo reconocer en Hipatia a una antecesora suya, y es así que ella la recuerda en la Respuesta a sor Filotea de la Cruz con estas palabras: “A una Hipasia que enseñó astrología y leyó mucho tiempo en Alejandría”.

Tags: Sor Juana, Enrique Arias Valencia, ciencia

Publicado por Ariastoteles @ 18:00
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