Las emociones en su unidad intangible son incomprensibles. Sólo los estados del intelecto me permiten hacer contacto con mis sentimientos. Y el mejor de los sentimientos se puede expresar por medio de la sonrisa, atemperada por el juicio de la razón.
Las emociones ofuscan el entendimiento. El juicio lo potencia y lo realza. Ya el mismo Kant sostenía que la razón posee tres facultades: el entendimiento, la razón y el juicio. Según Kant la armonía de la las facultades era una cuestión estética. Mas yo replico ahora que la armonía de las facultades es un asunto que resuelve la sonrisa de la razón.
Sonreímos cuando resolvemos un problema, y la razón sonríe cuando se deleita con un problema del juicio. Por ejemplo: A dice que B miente y B dice que A dice la verdad. ¿Quién tiene razón?
La nueva labor del juicio, es por lo tanto, conjetural antes que estética, y la razón se alza victoriosa con la alegría del entendimiento del concepto. Abandono en paz a la belleza en el mundo ordinario y me entrego a los brazos de la filosofía, más ciertos que los brazos de Dios y más amables y accesibles que los de la belleza. Por supuesto que esto significa quedarme solo, pero más vale solo que mal acompañado, y además, tal y como dijo Schiller “El grande se encuentra solo en la cima de su poder”. Y el entendimiento es lo más grande que tengo. Por eso la sonrisa de la razón es la despedida de la belleza y la llegada de la respiración atenta. Un pensamiento profundo sólo puede ser producto de una respiración profunda.
Bien sé que por momentos parece que nadie puede competir con mamá, sin embargo mamá es incompleta y el ideal de la razón sería entonces mamá y su incompletitud.
Asumiré las consecuencias de mis actos como producto de mi responsabilidad. Soy un diminuto elogio de la razón y nada más, pero también, nada menos. No voy a hacer otra cosa, sino disfrutar mi libertad sin rendirle cuentas a Dios ni a mujer alguna que no sea mi mamá. Y no hay mejor madre que la razón. Y si no lo creéis, preguntadle a mi mamá.