¿Era un disoluto el divino Baudelaire? Tú me preguntas si existe algún tiempo para emborracharse, y yo te contesto, conforme al Eclesiastés, que todo tiene su tiempo. Quizá este momento actual sea merecedor de una borrachera perpetua, y por eso estoy de la misma manera de acuerdo con Baudelaire cuando afirma: “¡Es hora de emborracharse! Para no ser esclavos y mártires del Tiempo, embriagaos, embriagaos sin cesar. De vino, de poesía o de virtud; de lo que queráis”. Vemos pues que en Los paraísos artificiales Baudelaire no desprecia a la virtud. Podemos pues, hacer de la virtud y de su hija menor, la verdad, un paraíso, aquí, en la Tierra.
Si esta vida es una lucha, ¿A quién hay que vencer? No lo sé muy bien, pero sé que los grandes guerreros también han sido grandes envidiosos. Tal y como dijo Bertrand Russell: “Napoleón envidió a César, César a Alejandro, y Alejandro seguramente envidiaba a Hércules, quien nunca existió”. Quizá sea tiempo de que mi hermano, tú y yo nos demos cuenta de que el peor enemigo que debemos vencer es uno mismo.
Recuerdo con especial cariño la anécdota que me contaste sobre Diógenes. En tu fidelísima versión, resulta que Platón decía que el hombre es un bípedo implume, y Diógenes, presto tomó un pollo, lo desplumó y lo arrojó a los pies de Platón y sus discípulos con el siguiente argumento: “He ahí el hombre de Platón”. Más tarde conté la historia con un grupo de amigos, y dudaron que Platón y Diógenes fuesen contemporáneos. Más tarde consulté el dato en un diccionario de filosofía, y pude corroborar que tenías razón, tu memoria no te falló. Y sin embargo, sigo creyendo que la razón no es una cosa abandonada a los caprichos de la memoria. ¿Cómo podría demostrar algo el buen Platón?
Y el banquete sigue, y en otro momento tú me preguntas: “¿Es la inteligencia una cuestión de memoria?” Ahora te contesto que, según mi parecer, la respuesta es No. La inteligencia es un asunto de educación. Y parece que somos educados para conocer y amar la verdad. Al menos eso es lo que parece. Es por eso que en esta América kafkiana, el asunto de la verdad es de primera importancia.