La noche pasada pude soñar conmigo, entre otras cosas. Yo estaba dirigiendo una orquesta sinfónica que en lugar de música interpretaba falsos silogismos de esplendores. Pude verme a mí mismo hacer los movimientos, tanto de brazos como del rostro: cada mirada, cada gesto. Es decir, podía ver todo el espacio, y no sólo “mi espacio”. De pronto, la “cámara” (el ojo de mi mente) se alejó un poco, y pude observar que en el público estaba René, una amiga de mi amigo Eduardo, un señor que casi no viene a la fiesta, pues de pronto, la “cámara” se alejó más, y pude ver que ¡Eduardo estaba entrando en la sala! Eduardo se acercó a su amiga. Algo le dijo Eduardo a René, y ambos salieron del recinto. En ese momento la cámara hizo otro alejamiento y puede ver salir a ambos, y dirigirse hacia un palacete. Eduardo y René platicaron algo, o eso me parecía, porque no los alcanzaba a oír. De pronto, la “cámara” se acercó a la mansión, y en su interior estaba mi hermano sirviéndose su acostumbrado refresco de Cola. La “cámara” se acercó al espumante refresco, y el sueño terminó en un burbujeante delirio de agua carbonatada y azúcar en un océano oscuro.