miércoles, 19 de diciembre de 2007
La verdad es una cosa esplendorosa

Enrique Arias Valencia

¿Acaso es la verdad algo esplendorosa? Definitivamente no. Ya la imaginería popular ha sentenciado que “la verdad no peca, pero incomoda”, frase que ha refriteado Al Gore con aquello de “Una verdad incómoda”. Sin embargo, ambos, el pueblo y Al Gore no han sino arañado muy por encima el problema, y ninguno ha sabido hasta ahora poner todos los puntos sobre las íes tratándose del asunto gordo de la verdad. El primero que se atrevió a plantear la contrariedad terrible de la verdad fue Nietzsche, quien en ese conjunto de escritos dispersos conocidos como Los fragmentos póstumos fue el valiente precursor que se atrevió a decir que la verdad es sencillamente fea. Por lo tanto, posmodernismo mediante los seres humanos quizá ya estemos preparados para saber que la verdad no nos hará libres; al menos no en el sentido con delicioso sabor metafísico que las grandes religiones monoteístas quisieron hacernos creer que tendría paladear la verdad. Es así que la verdad es como han dicho muchos poetas, la verdad amarga.

¿Ateísmo para niños?

Gracias a mi tocayo el historiador Rojas Gamboa, se ha caído uno más de los velos con que la industria cultural pretende ocultar la verdad. Lo que sigue es fruto de una interesantísima charla que sostuve con él en torno a la ya tristemente célebre trilogía de libros infantiles conocida como La materia oscura, cuya novela inicial ha sido llevada a la pantalla con el título de La brújula dorada, la cual ha sido acusada, no sin razón, de ser una película promotora del ateísmo entre la población infantil. El autor de la obra finge inocencia y declara: “No sé si Dios existe o no. Pero si se mantiene invisible es porque está avergonzado de sus seguidores. Yo, si fuera él, no querría saber nada de ellos”. No obstante, Philip Pullman sabe muy bien que Dios no existe, pues el señorito es miembro de al menos dos asociaciones dedicadas a combatir a la Santa Madre Iglesia: la British Humanist Association y la National Secular Society. Por lo tanto, Pullman no deja de ser un asociado más del conjunto de ateos vergonzantes, como Richard Dawkins, un científico a quien le da tanta vergüenza que lo llamen ateo que prefiere ser denominado “brillante”. Pues brillantez y todo, el ateísmo actual no cuenta todavía con ningún valiente que se atreva a declarar abiertamente su ateísmo en público, salvo cuando se trata de atacar a la religión desde la trinchera. Es decir, no hay ateos que no sean contestatarios, que no se dediquen a interpelar, sino a proponer. ¿Qué es el ateísmo sin sus enemigos?

Ateísmo New Age para niños

Casi punto y aparte está el asunto de que La brújula dorada es un producto de varias ideas, algunas contradictorias entre sí. Está por ejemplo el polvo protagónico de la película. El historiador Enrique Rojas me hizo ver que este dichoso polvo todo lo forma, todo lo abraza, y es de carácter misterioso. Y entonces yo me pregunto, ¿es el polvo “materia” a secas, como aquella con la que los físicos nos quieren hacer creer que está hecho el universo en su conjunto? No, porque en una de las escenas de la película, el polvo se aprecia con un vago carácter metafísico atravesando a un personaje que parece “conocer” con dicho polvo algo más que mera materia. El tío se ilumina mientras los envidiosos del Magisterio lo contemplan arrobados. ¿Qué diablos es pues, el polvo en La brújula dorada? Rojas concluye que el polvo no deja de ser un recurso más del New Age, del cuento de la “energía” y todas esas cosas que maese Harry Potter y muchos otros nos han estado contando durante mucho, mucho tiempo. Por consiguiente, yo me he permitido añadir, que el ateísmo de Pullman no deja de ser deudor de aquello que quiere combatir: la religión y sus supuestos irracionalismos. No cabe duda de que las obras de los hombres son hijas de los hombres… y de las ideas que atraviesan la época de los hombres. Bienvenido sea, pues, el ateísmo New Age para niños, fruto de la bendita pluma de Philip Pullman.

El aletiómetro

Lyra, la heroína infantil de La brújula dorada usa un aparatito que supuestamente puede decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Veamos si lo consigue de veras. Primero, planteemos al aletiómetro el siguiente enunciado: “D = El aletiómetro no dirá que este enunciado (o sea D) es verdad”. Ahora, preguntémosle al aletiómetro: “El enunciado D, ¿es verdadero o es falso?” Si el aletiómetro contesta que el enunciado D es falso, dadas las condiciones del problema, el enunciado D debe ser verdadero. Ahora bien, si el aletiómetro contesta que el enunciado D es verdadero, dadas las condiciones del propio enunciado, D es por lo tanto falso. Conclusión: el aletiómetro, y todo sistema que responda a un conjunto de axiomas verdaderos, no puede decir toda la verdad. ¿Qué sucede si hacemos a D idéntica a lo divino? D = lo divino. Pareciera que después de todo, quizá Dios no nos ha abandonado.

¿Qué sigue?

El ateísmo actual presume de racionalista, pero tras la inútil pirotecnia de sus devaneos el ateísmo se consume en el polvo oscuro de su propia quimera: el hombre y el supuesto universo que lo rodea siempre serán más misteriosos que la inasible verdad que pretende alzarse como discurso hegemónico: la era de la razón no será nunca, porque el hombre siempre será un animal racional que no dejará de ser también y la más de la veces, un sujeto irracional. La verdad no es así esplendorosa, sino un enigma irresoluble, la verdad es más misteriosa y estará siempre más allá de la materia oscura y que cualquier polvo cósmico que la ciencia con su catalejo lacado podrá descubrir nunca.


Tags: La Brújula Dorada, Philip Pullman, aletiómetro, Materia oscura

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