De Las páginas perdidas de Ulises Lily
De la santidad de la risa
Enrique Arias Valencia
Yo mismo me he ceñido esta corona de rosas, esta corona del que ríe. Yo mismo he santificado la risa.
Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra
La bebé está terminando de comer un mango. Cuando le da la última chupada a la fruta, retira la cáscara vacía de sus labios, extiende la mano hacia un lado, arrojando el sobrante al suelo* y exclama un “¡Aaah!” de satisfacción. Lily me dirige una mirada pícara, y se ríe. La bebé ha triunfado de nuevo.
Horas más trade la señora de los jugos parte hacia un restaurante cercano y regresa con las viandas de la familia de vendedores ambulantes. La bebé Lily está sentada en una banquita de madera, frente a una improvisada mesa en la calle. Lily toma una cucharita y la agita en el aire. La señora de los jugos llega y entrega la comida a la familia con estas palabras: “Aquí está, corazones”. Haber visto a esa familia comer es un grato recuerdo.
Meses después, he invitado a desayunar a Fanor en aquel restaurante donde otrora la señora de los jugos recogía la comida de la familia de Lily. Lily se fue en agosto, y ahora Fanor y yo disutimos un asunto importante. Mi ánimo está exaltado, pues Fanor me comenta una verdadera novedad. De improviso, un chico se acerca a nuestra mesa, y con voz gangosa comienza a querer decirnos algo. El tipo me crispa los nervios, y le arrebato la palabra y le digo: “Si lo que quieres es dinero, no te lo daré”. El chico hace de tripas, corazón y alacanza a balbucir: “No se trata de eso, yo soy el dueño de este lugar, y quería pedirles que bajen la voz”. Por toda respuesta, me limito a pedir la cuenta. No puedo permanecer en un lugar donde mis ánimo explosivo no es bien recibido.
Algunos días después, le invito un agua de frutas a mi directora espiritual, corazón genial, belleza esplendente. En la mesita de la fuente de sodas se me ocurre hacer unos dibujitos con algunas gotitas del agua color de fresa que yo había pedido. Mi directora espiritual me dirige una mirada fulminante con sus ojos cerúleos, tinte de gules, y tras una amonestación que brota de su voz de mezzosoprano, no puedo aguantarme las ganas de carcajearme, si bien en esta ocasión lo hago con gran fuerza. Mi risa contagia a mi directora espiritual, quien busca refugio en una banca distante. He aquí un regalo de los dioses: en lontananza, una joven doblada de risa, mientras mi ánimo jocoso se hace incontrolable.
* Para que los ecologistas y demás puristas no se alarmen, debo añadir que bajo la supervisón de un adulto la bebé Lily se encargó de recoger la basura y tirarla en un bote para desechos orgánicos. Sin embargo, a veces creo que de cualquier manera, Greenpeace exagera, y estas notas no debería yo de escribirlas, pues el puritanismo le quita espontaneidad a la vida.Tags: bebé, Nietzsche, risa