Soy un hombre feo, y por lo tanto, mi alma está saturada de paz, porque en contraste con la belleza, que vive en el sobresalto permantente debido a que todos la buscan; al feo lo dejan solo en este juego estético e inocente. Por eso puedo vivir tranquilo en el cieno del trágico fundamento del mundo, y desde ahí puedo mirar cómo brotan las infrávidas burbujas que habrán de producir, muy a la postre, los asombrosos cambios del universo visible. Así fue como supe al fin que toda rosa para florecer en gloria y esplendor de un día, requiere de toneldas de abono. Por eso soy sabio. No es la soledad quien me acompaña, sino que tengo ante mí la pluralidad infinita de los dioses. Ellos en su eterna discordia, dan forma a la muerte y a la vida de todos nuestros angustiosos pesares y también, porqué no decirlo, es su efímero y altanero capricho el que nos regala algunas de nuestras más sencillas alegrías. La belleza del mundo se funda en el latido maltrecho de un viejo y feo corazón. La verdad última rebosa de tranquila fealdad. Verdad terrible, y sin embargo, comprensible.