Shiva, El Gran Yogui
Enrique Arias Valencia
Si bien la del ateísmo me parece la respuesta más noble y valiente que puede haber sobre la pregunta del destino humano, también os aseguro que en el danzante Shiva yo quisiera ver que se cumple con cierto severo decoro un atisbo de la verdad.
A Shiva le tengo cierto cariño por un malentendido occidental, que quiso ver en él al dios de la destrucción. Por eso, aunque mi tocayo Rojas me haya aclarado que en realidad se trata del aspecto de la Trimurti encargado de la transformación, a Shiva lo sigo viendo como una promesa de la extinción total de esta madeja infame que se ha tejido en la forma insulsa de mi autobiografía.
Sin embargo, al ser un personaje de una religión filosófica como lo es el hinduismo, Shiva es engañoso: su corazón es el de Vishnú, y entonces resulta que la tan anhelada extinción personificada por Shiva no es sino una de tantas máscaras del absoluto impersonal, que entre que sí y que no somos él, siempre me deja con la duda de si no será una trampa de la inmortalidad disfrazada de metamorfosis.
No obstante, desde mi punto de vista un breve retozo del espíritu mientras llega el final de mi azarosa vida no es incorrecto, y la educación universalista que aún late rebelde en mi irreversiblemente lastimado corazón me permitió ilusionarme con la ceremonia en honor de Shiva, el gran yogui que fue impartida por Enrique Rojas y Monique Muñiz en la Librería Esotérica Yug el pasado jueves 17 de abril a las 6:15 de la tarde.
La adoración terminó con un Árati efectuado por Rojas, Monique y su hermana Rebeca. Los asistentes pudieron cantar los mantras prescritos para tal fin.
Y mientras el alcanfor se evapora, que de igual manera el punto final sea mi recompensa.