Äriastóteles Platónico

sábado, 10 de mayo de 2008

La madre que ha aceptado tener un hijo procurará su bien por encima del bien propio, pues solamente ella sabe del cariño, del dolor y de la alegría que entraña literalmente llevar un niño en el vientre. Es un hecho indiscutible que si no hubiera sido porque una mujer aceptó concebirnos, ninguno de nosotros estaría aquí. Por eso podemos constatar que el sentimiento materno es verdaderamente sagrado, y todos los pueblos del mundo lo han reconocido así.

Nuestra madre lavó nuestra primera ropa: los pañales. Nos esperó con un baño caliente cuando jugábamos futbol en la calle, y así nos procuró un buen hábito: la higiene.

Los cuidados maternos nos moldearán con gran amor en nuestros primeros años de vida. Quizá algunos hasta aprendimos a leer en un libro sostenido frente a nosotros en su regazo.

Nuestra madre nos enseña a compartir: jugando nos demuestra que la vida es seria, porque ella nos dio la existencia. Y así nos alimentó la responsabilidad.

Por eso hoy, al repasar nuestros primeros años de vida, y una vez alcanzada nuestra madurez, podemos advertir que una madre que envejece siempre será bella a los ojos agradecidos de sus hijos, y siempre besaremos con cariño su rostro surcado de arrugas.

Todos los seres humanos de todos los tiempos hemos sabido que honrar a la madre es el primer paso para el desarrollo de una sociedad feliz. Por eso, aunque hoy las rosas estén más caras que ayer, sabemos que nuestra intención es capaz de trascender los intereses comerciales para, este diez de mayo, decir: "¡Gracias mamá!" con una flor cultivada desde el fondo de nuestro corazón.


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